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Nuestra Democracia Devaluada.

Se ha dicho con razón que la democracia es el menos malo de todos los sistemas de gobierno. Lo cual significa que la forma democrática debe someterse a una continua revisión para desechar sus defectos y acomodar su marcha a las nuevas realidades. La democracia está lejos de ser perfecta. Pero, precisamente por su capacidad de adaptación, el sistema democrático continúa siendo el modelo más deseado.


Hoy el mundo cuestiona las nociones de representación, de validez de las encuestas y de formas de computar las mayorías. En materia de representación las recientes elecciones parlamentarias de Francia han significado un auténtico revolcón. Un recién llegado a la política, Emmanuel Macron, no sólo ganó con nitidez la presidencia, sino que logró que su partido, con algo más de un año de existencia, obtuviera un respaldo mayoritario en el parlamento. La gente se mostró hastiada de la clase política tradicional y rechazó de manera contundente las malas mañas de los dirigentes.

No es posible continuar en la democracia con candidatos cuestionados y con abundantes reprobaciones de tipo moral. A quienes aspiran a dirigir los destinos de las naciones no se les puede aceptar que la presunción de inocencia en materia penal les sirva de escudo validador de sus pretensiones. Es escandaloso el caso de Cristina Fernández en Argentina, cuya familia se enriqueció hasta la vulgaridad en el ejercicio del poder, y quien ahora aspira al congreso de Argentina. Y Gustavo Petro en Colombia tras sus enormes descalabros administrativos en la Alcaldía de Bogotá no puede ni pensar en aspirar a cargos de más elevada jerarquía.Y Raul Sendic en nuestro país no puede aspirar a nada, luego de la catarata de problemas que se genero por sus manejos políticos y mentiras

Nadie puede desconocer que las encuestas de opinión juegan en el mundo de hoy un papel esencial. Ningún empresario desoye los estudios de mercado y los análisis de las preferencias de los compradores. Si no lo hace, el fracaso económico será duro.

De igual manera, los líderes políticos deben estar al tanto de sus niveles de aprobación y popularidad reflejados en las encuestas. Sin llegar a exagerar el valor de los sondeos de opinión, ellos son en la democracia moderna herramienta insustituible.

Por ello, no pasa de ser otra de sus curiosas ocurrencias la afirmación del presidente Vazquez en el sentido de que él gobierna para la Historia y no para las encuestas. Resulta difícil tomar en serio esta afirmación cuando proviene de un personaje que ha llegado a marcar una muy baja popularidad en los sondeos. El ejemplo a seguir también procede de Francia: cuando el anterior presidente Hollande comprobó en las encuestas el fracaso de su gestión, optó por un aconsejable bajo perfil.

Otro punto en el cual la democracia debe aceptar una profunda revisión es en el cómputo y valor de las mayorías. Tanto en el plano nacional (para evitar el atasco en el que se ha visto sumergida Inglaterra tras el referendo del brexit) como en el plano internacional. Es aconsejable que los votos se ponderen para reflejar la importancia real de las naciones que los emiten.

Es imposible continuar con casos tan aberrantes como el de la última Asamblea General de la OEA. Allí un grupo de países que representan el 93% de la población del continente americano cuestionó en forma contundente la violencia y los desafueros de todo tipo que ocurren en Venezuela. Pero la negativa de algunos Estados  islas del Caribe impidió que la resolución respectiva se aprobara.

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