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Luces y Sombras de los Gobiernos.

Winston Churchill, estadista inglés que jugó un papel fundamental en la victoria de los aliados contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial, dijo una vez que la democracia era un sistema de gobierno bastante imperfecto pero que era el mejor del que disponíamos. Consuelo bastante sobrio pero exacto.



Ríos de tinta se han vertido para defender y en buena medida criticar la democracia. Pese a todo, hasta ahora parece ser el sistema político que mejor interpreta el concepto de la representatividad de la mayoría de la gente en los gobiernos.


La historia reciente sin embargo, y puntualmente en nuestra América latina, muestra la parte más endeble del modelo y que está ilustrada en la cita que encabeza esta nota. Gobernantes iluminados ellos mismos por el convencimiento de que representan el mejor y único camino para su pueblo, buscan modificar las leyes para permitirse gobernar dos, tres y hasta indefinidas veces.


Tal continuidad tendría alguna legitimidad, si cabe, en el caso de que la voluntad de la mayoría sea ejercida en la libre discusión de ideas y proyectos políticos, funcione una economía relativamente justa y eficiente y haya efectiva participación de todas las voces en el debate público.


Pero no siempre es así. La mayoría de votos es siempre obtenida por manejos  en la gestión de la publicidad electoral y por un inmenso desembolso de recursos para solventar planes de ayuda social cuyo objetivo se distancia de la adecuada asistencia a los más desvalidos; en la práctica busca la fidelidad de un sector importante de la población que “paga” con sus votos los beneficios obtenidos.


Hay una enorme diferencia entre bienestar social y demagogia. Es imperativo que el Estado cuide de los sectores realmente desvalidos del país. Pero financiar votos con un gigantesco gasto público no hace más que erosionar la fortaleza de la economía, fomentar la dependencia de las instituciones del Estado y amparar bolsones de corrupción. 


El fondo está claro: permanecer en el poder. Las razones están a la vista en nuestra historia continental reciente. Lejos ha quedado el concepto de servicio público. Poder, control y enriquecimiento han tomado su lugar y en no pocos casos el sistema se ha convertido en una inquietante dictadura “democrática”.

El panorama parece bastante desalentador pero en la historia siempre hay lugar para la esperanza de mejorar efectivamente los días de la gente.

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